Se aproxima el retorno a la sala inestéril de mi hospital. Con el pecho de lata, repartiendo sonrisas entre los supervivientes de entre una generación de ellos. Mis viejitos.
Hora de volver a usar mis fintas de ataque, esquivando personal y maquinaria en los pasillos; movimientos defensivos de ala-pívot pigmeo al hacerles andar cuando ni ellos mismos creen poder hacerlo. Uso el bloqueo ofensivo si parece que uno va a caer.
Y, siempre, el picor de nariz y cara al llevar los guantes. Ahora, el sufrir sin rascarse es doble molestia, por teñirse de nostalgia.
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