Asaltado por la duda, la vacilación y mil intentos futiles de despejarlas. Ésto, a pesar de lo florido, es carta abierta a mi Musa, que sólo tengo una.
Intentos tras intentos, en vano, por saber cómo te encuentras. Sin saber si me buscas como amigo, o si me rehuyes, o qué. Indicios y teorías en todas las direcciones no me permiten hallar respuesta a esa pregunta.
Desde aquel principio de agosto ando preocupado. Recibí una notificación de foto en septiembre que nunca conseguí abrir.
Mis intentos para contactarte han sido vanos. Ése día de septiembre, me senté a la misma mesa del pub donde te recogí para aquel último finde. Sólo necesito saber si estás bien.
Sé que nunca cerré esa puerta, ¿por qué había de hacerlo, queriendo que seas parte de mi vida? Qué parte, como siempre, la decides tú.
Sé que es mi problema, y no el tuyo.
Sé que la amistad es algo que (como dijo Séneca) es algo que sólo puede darse (o recibirse) libremente. Nunca dejé (o dejaré) de ofrecerte mi mano, eso también lo sé.
Sé lo que me dijiste a finales de septiembre, la última vez que oí de tí.
Sé que cada sábado noche estoy en mi antro, esperando.
Ya quisiera saber más.
No me asustan tus respuestas. ¿Qué habría de asustar al que sabe que lo tiene todo perdido?
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