Las mañanas no se prestan, con sus niveles bajos de glucosa y la testosterona frustrada, con la endorfina del sueño presente en el músculo, la serotonina aún por amanecer. La adrenalina está presente sólo de modo testimonial.
A fuerza de café, la neurona se activa, el músculo se flexiona, la articulación cruje (pero sólo una vez). Listo, o casi.
Casi.
Me falta tu cara de mañanas, la tuya de antes de presentarte al mundo. Me faltan tus movimientos, entorpecidos leve y temporalmente por los últimos retazos del sueño adheridos a tu pelo revuelto de gata.
Me faltan tus ojos entrecerrados, a los que hacer un café, que recuerdo siempre. Igual que otras cosas, como lo mucho que te gusta el apio.
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