A mi teclado, tras otro día de 38 horas y cuarto, en mi postura favorita para escribir.
La frágil mente reposada en la almohada, bajo el calor del edredón (del que dispongo de sobra para un hombro o un cuello expuesto, tan especiales). Digiriendo proteína y rumiando ideas.
Receta para lo que en México conocen como el mal de puerco.
Me hallo en otro mundo. Sonrisas de niñas, las mías, me solazan. Vienen y van. Entran y salen de la trama donde parezco ser el protagonista de una historia de horror, por no poder encontrarlas. Porque las veo y no.
Esas sonrisas inocentes cortan mi carne por no poder tocarlas.
Las veo sentadas en un bordillo, acabo de darme cuenta que fueron abandonadas ahí, voy a confortarlas con el alma en un vilo.
Despierto a la pesadilla. Pasaron tan sólo diez minutos. Mal de puerco.
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