miércoles, 6 de noviembre de 2013

La peana o pedestal.

Ocurre que te tratan con indiferencia. En la escuela, el colegio, el trabajo... Las posibilidades son cuasi infinitas.

No lo son. Debe ser una combinación estadística entre los 7000 millones de personas disponibles, y de cuántos de ellos te están ignorando en cualquier momento dado.

Y llega alguien, te pone en un pedestal. Cada gesto, cada palabra, tienen significado para esa persona que recordará tus tirrias y alergias, tus travesuras infantiles, tus pequeños achaques... todo (o casi).

Y, por lo que sea, la vida os separa. Te hallas pensando en aquella persona que nunca dejó de tener oídos para tí, a la que imaginas haber herido.

Y cada vez que piensas en coger el teléfono, o dar una visita... miedo.

¿Miedo a los cambios que la vida trajo? Cómo si no conocieras ya al niño dentro de aquel hombre que, aún tras las décadas, sigue sano y riente.

¿Miedo a que te compare con la estatua en lo alto de la peana? Esa estatua, era un regalo para tí. Quien bien te quiere, lo hace por saberte imperfecta, en lucha diaria contigo misma.

¿Miedo a tí misma? No tiene sentido. Tú eres la persona con la que habitas a diario. ¿Por qué deberías temerte?

¿Miedo a la acusación o el reproche? ¿Entre amigos que lo son de verdad?Imposible.

¿Miedo a que cuestione tus decisiones? Un amigo te escucha sin juzgar, esperando a que alcances tus propias conclusiones. Siempre.

Coge el teléfono o, mejor aún, visita a ese amigo que espera saber de tí. Si él pudiera o supiera cómo, ya lo habría hecho hace mucho.

Y, si la indecisión se halla presente y no has podido (o no te atreviste aún), te seguirá esperando.

Pero ten presente que sólo disponemos de una vida en que esperar y disfrutar de la compañía de nuestros amigos.

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