La cabra pastaba bajo la sombra de la tormenta de hielo y nieve, varios kilómetros más arriba. El leopardo la observaba desde su cueva.
Grácil, de pezuña afilada y ojo agudo, corría con serenidad por riscos por los que él no osaba frecuentar.
La cabra le miró con el recelo que merece un depredador, por supuesto. Al cabo, el leopardo abrió sus fauces:
-"Si vamos a estar así todo el día, me presento. Soy Leopoldo."
Con una risa estentórea, la cabra comenzó una de muchas largas charlas de tarde de verano en el prado, que derribaron los muros entre predador y presa.
Pasó el verano, la cabra emigró a otros pastos de menor altitud con su rebaño.
El leopardo se halló desconcertado. Los otros gatos se burlaban de él, por no haber acechado a una víctima incauta. "¡Qué sabrán ellos!"
Llegó el invierno. Temporada de caza. Leopoldo la pasó en el prado helado, esperando. Para sobrevivir, hurgaba en la nieve para triscar la hierba seca que nutrió a su amiga. De tanto hurgar, sus afiladas garras se hicieron romas cual pezuñas.
Cinco inviernos más tarde, se encontraron. Ambos estaban viejos. Tras rozarse los hocicos, yacieron juntos en la nieve, charlando como si aquel verano, ya difunto, fuese el día anterior.
La mañana los encontró como amantes inmortales tornados en esculturas de piel y hielo.
http://notasdefrancotiradorlemur.blogspot.co.uk/2013/11/himalaya.html?m=1

No hay comentarios:
Publicar un comentario