Mi voz, demasiado pequeña para romper los muros que nos separan, no enronquece, refrescada a diario tras el sueño que pugna por la realidad y concreción del café.
No sólo el café, por supuesto, pero no pido más. No pido, espero.
La luz; mi voz reencontrada donde sólo sabía de verso amargo desesperanzado; el color que salta a mis ojos desde una foto en mi pantalla, o una que se insinúa en el paisaje y que reflejo. Mis provisiones en el hambre de tu presencia.
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