viernes, 8 de noviembre de 2013

Coda.

Un día. Mejor dicho, otro día, pasó. Otro día de tener la gárgola sobre los hombros, susurrando su silencio maléfico.

Por supuesto que es licencia poética cuando hablo de gárgolas, el alma que somos y el cuerpo que tenemos. Metáforas tan sólo.

Estaría bueno empezar con la magufada tras más de dos décadas de ateo.

Sin embargo, el peso del día se eleva por la noche, tras un día de darme tirones en los cordones de las botas e intentar combatir la gravedad que me ata al suelo, y me impide volar a tomarme un café contigo.

Que tapa mis oídos y ensordece con sus rugidos de silencio para que no te oiga.

En vano. Protegida en los torreones de mi memoria y las paredes de mi cráneo, me susurras al oído: "no estás solo, tranquilo. Te dije que te llamaría."

Espero que mi barítono también te susurre al oído: "siempre tienes en mí un amigo que te sabe esperar, aunque te lleve años poder hacer esa llamada. Siempre me alegrará oír tu voz, no digamos el vernos cara a cara."

Cada noche grito susurros silenciosos con que acariciar tu frente, que relajes esas cejas finas enmarcando tus ojos ladrones de mí. Que te rindas al sueño que te mece en suave vaivén.

Un millón y medio de besos en verso, vida mía.

Raulillo.

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