Sin embargo, tenía sentido. La competición por el patronazgo teatral era muy intensa. Los teatros eran de la propiedad de una clase social de nuevos y viejos ricos que lo usaban como herramienta de ostentación de la plata americana que era la sangre del imperio.
Añadamos a ésto la Inquisición como limitador de la ansía de expresión lírica...
...y tenemos autores lanzando y lanzándose improperios en forma de soneto, con qué exhibir su talento en las pocas plataformas disponibles, "rosa blanca o rosa roja, la reina escoja."
Encuentro de mal gusto el "Érase un hombre a una nariz pegado, ..." Se debe tener en cuenta que esos grandes escritores intentaban capturar la imaginación de un público en que el peor tipo de analfabetismo se hallaba presente: el del analfabeto que sólo tenía tres letras y media.
Me podréis culpar de discriminación temporal, y a lo mejor tenéis razón. Simplemente, pienso que el usar tanta energía (entonces como ahora) en el barbo personalizado en público no requiere de la imaginación, necesaria por otra parte en la introspección. Cuestión de gustos.
Siempre me atrajo la sencillez del autohumor de Mario Benedetti en aquella corta frase en "La vecina Orilla":
"Las paredes sudan, vive Dios. Yo también."
O de Charles Bukowski en "Twelve flying monkeys who won't copulate properly," donde se ríe de uno de sus bloqueos de creación, y de la borrachera que acompañó ese momento particular.
En mi trabajo, persigo, ¿qué? Ni yo mismo lo sé. Sí se lo que no persigo: dañar a nadie.
En mi trabajo, persigo, ¿qué? Ni yo mismo lo sé. Sí se lo que no persigo: dañar a nadie.
Por algún motivo, el ver a alguien capaz de reírse de sí mismo me hace sonreír. Miro, leo e intento aprender. Mis personajes e historias son yo mismo, bufón y público a un tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario