Andaba ensimismado en mi acostumbrada nube. De tan oscura, no podía ver mi nariz al cruzar los ojos.
Oigo, mejor dicho, leo un grito de sarcasmo agudo causado por el dolor. Una de las pocas mujeres a las que llamo "mi niña."
Mi mente conjura el esperpento como cura. Retrato las sonrisas impías de camellos y asnos. La sonrisa malévola del gato y el tiburón. Elefantes en monociclo y morsas haciendo ballet. Un león con un látigo haciendo a los domadores pasar por el aro.
La nube se despeja. La suya y la mía propia.
Y, cuando no quede de qué reírme, siempre existe el espejo.
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