viernes, 18 de octubre de 2013

Montaña Rusa.

Me encuentro, de nuevo con el boleto en la mano. A las cinco de hoy, subo de nuevo a la montaña rusa de cada fin de semana que se ha convertido en parte de mi ciclo interino, dentro de una vida de interinidades.

Ciclos de altas y bajas. De euforia de encuentros y desesperación ante las separaciones. De anticipaciones con o sin recompensas. De sentarme o, con suerte, bailar un poco con la banda de turno.

De estudiar acordes o (con suerte), dejarme llevar por ellos. Y, siempre, mirando a la puerta, mientras tomo notas mentales técnicas de la banda de turno, para mi columna.

De beber el viejo cubata de esperas, esperanzas, penas, alegrías, desesperaciones y esperanzas (mis esperanzas siempre son dobles), todas más o menos fundadas.

Ciclo de incorporar, vicariamente, la experiencia ajena de las tablas. De desear (y, con suerte, sentirme) veinte años más joven.

De ser, entre los guiris, un guiri al cuadrado; de querer escuchar a Pata Negra en las versiones de Rolling Stones en mi abrevadero sabatino.

De chatear hasta altas horas de la madrugada con amig@s de allende el Charco que, leales a sus husos horarios, toman el relevo de aquellos que viven geográficamente algo más próximos.

De maravillarme y, a un tiempo, maldecir los avances tecnológicos.

Del desgarro, la sonrisa, la desidia y la determinación en la letra y la cuerda.

De ser feliz al ver vidas que no parecen estar rotas o, que al menos han sido remendadas.

Al fin y al cabo, la montaña rusa de otro fin de semana.

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