...a diario.
Benéficas o malévolas,
parlantes o silentes,
anunciadas o imprevistas,
diáfanas o lo suficientemente duras
para romperme la nariz.
Sé que son sombras externas,
que ya me acostumbré
a las voces de las mías.
La anhelante,
la desesperada,
la sombra glacial del odio,
la carcajada del lunático,
la del filólogo aficionado que insiste en la forma,
la del amante,
la del padre,
la del niño,
la del viejo.
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