sábado, 21 de septiembre de 2013

Ojos.

...me repetía a mí mismo "los ojos no engañan", sabedor de un par de ojos que, con orgullo de macho, me explicaron cómo se podía hacer.

Era nauseabundo y rebuscado. Técnicas de manipulación pura y dura. Era un cazador de trofeos que aprendió a tener los ojos abiertos al recibir un puñetazo. Boxeador.

Era tan así, que ni me molesté. Llamadlo resabio de prejuicios cristianos de mi niñez, o simple ingenuidad. El que me busque, que me encuentre. Lo que hay es lo que hay.

He pasado media vida (éso espero, al menos), mirando a los ojos. Me ha salvado el pellejo (literalmente) en más de una ocasión. Los ojos indican a dónde va el puño. O el baldeo.

Después de tanto tiempo creyendo saber, supe no saber nada. Bueno, éso ya lo sabía. Sólo recibí confirmación.

Por suerte, los ojos que saben mentir diciendo verdad a medias no parecen tan abundantes. En este caso, el uso de la lógica y la reflexión me llevaron a la conclusión.

Alarmado, aviso a alguien que, de hecho intentó contactarme para advertirme a su vez. Tarde.

Tarde, no. Nunca es tarde y, siendo cojo, adelanté al mentiroso.

Sigo mirando a los ojos, y sigo bebiendo sus mensajes. Ésa sólo fue la excepción que confirma la regla.

Raúl Pinto Ocaña, Francotirador Lémur.

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