...me repetía a mí mismo "los ojos no engañan", sabedor de un par de ojos que, con orgullo de macho, me explicaron cómo se podía hacer.
Era nauseabundo y rebuscado. Técnicas de manipulación pura y dura. Era un cazador de trofeos que aprendió a tener los ojos abiertos al recibir un puñetazo. Boxeador.
Era tan así, que ni me molesté. Llamadlo resabio de prejuicios cristianos de mi niñez, o simple ingenuidad. El que me busque, que me encuentre. Lo que hay es lo que hay.
He pasado media vida (éso espero, al menos), mirando a los ojos. Me ha salvado el pellejo (literalmente) en más de una ocasión. Los ojos indican a dónde va el puño. O el baldeo.
Después de tanto tiempo creyendo saber, supe no saber nada. Bueno, éso ya lo sabía. Sólo recibí confirmación.
Por suerte, los ojos que saben mentir diciendo verdad a medias no parecen tan abundantes. En este caso, el uso de la lógica y la reflexión me llevaron a la conclusión.
Alarmado, aviso a alguien que, de hecho intentó contactarme para advertirme a su vez. Tarde.
Tarde, no. Nunca es tarde y, siendo cojo, adelanté al mentiroso.
Sigo mirando a los ojos, y sigo bebiendo sus mensajes. Ésa sólo fue la excepción que confirma la regla.
Raúl Pinto Ocaña, Francotirador Lémur.
No hay comentarios:
Publicar un comentario